Federico

segunda-feira, 5 de fevereiro de 2018


"Dejadme, 
ya vendrá un viento fuerte 
que me lleve a mi sitio". 
- León Felipe - 

*Por José María Cáceres

a FMPR i.m

Era sin duda un tipo refinado. Con estampa de niño bien, patrón de estancia. Se notaba en cada uno de sus gestos haber sido educado en un clima decimonónico lleno de reglas puntillosas, ácidas ironías lanzadas con estudiada afectación en inglés y francés. Una educación que propicia la crianza de narcisos que se reflejan solo en el espejo de su especie. Insonorizado de la plebe, lejos del choripán. 

Fue forjado en una cultura muy alejada de la naturaleza y de los tenderos nuevos ricos. Un lugar donde los hombres deben pujar ganadores en el remate del toro campeón en La Rural mientras las mujeres se balancean en el melancólico columpio de una distinguida neurastenia. Pero la inteligencia pudo más que todo ese envoltorio.

Harto de ese refinamiento artificioso Federico, se propuso un plan de fuga.

Comenzó por renunciar a su destino de heredero. En la familia, la inédita decisión se tomó como un agravio a la nobleza de sus ancestros. Y tuvo su castigo. Le proveían lo mínimo para la supervivencia en la esperanza que, ante la ausencia de lo material,  recapacitara y volviera al redil y al testamento. También en las tertulias edulcoradas, entre mayordomos y candelabros de plata, se insinuaba -un tanto sibilinamente- que lo mejor era decir que estaba algo loco.

Aun así, el hombre dejó esos bienestares y comenzó una vida de artista transitando las calles apestadas de pueblo, pintores, actores, escritores, estetas. Toda gente del zanjón. Un horror. Deambulaba por Buenos Aires, como si abandonara cada mañana su celda de clausura, saliendo a la calle para anunciar la presencia del Firmamento Interno en cada uno de nosotros. El Otro Lado, afirmaba, es el Firmamento Interno. Una especie de arrabal cósmico donde es posible encontrarse con aquellos que lograron huir de la obscena maquinaria cotidiana que pica carne sin cesar. 

Una mañana me llamó por teléfono para comunicarme que  la obra que pensaba realizar ese año consistiría en  bajar de peso. Unos quince kilos. Me anunciaba también que vendría a mi casa y, como siempre lo hacíamos, hablaríamos de Dios. Y dado que su obra ya estaba en marcha pidió para el almuerzo un bife de cuadril desgrasado a la plancha, muy jugoso, acompañado de ensalada mixta. Nada de pan, como postre una manzana roja. Accedí a preparárselo con gusto. La compañía de esta especie de ángel de Buenos Aires, era para mí y para algunos otros, la presencia de un espíritu celeste.

La comida se deslizaba por los mansos senderos de la amistad  y nada hacía presagiar la conmoción posterior. Pero, como siempre sucede, la inocencia siempre sorprende cualquier intriga. Y como estaba acostumbrado a sus largos silencios donde se colgaba con algún pensamiento metafísico, seguí con mi rutina de trabajo.

Todo parecía en calma hasta que preguntó:

- ¿Che, nunca deseaste que te lleve el viento?

Sorprendido atiné a responder ¿cómo que me lleve el viento?

Y ahí hizo una larga pausa.

A esa hora, la luz que había sido intensa en la mañana, comenzaba a declinar iluminando con sutileza las cosas del taller, sobre todo pareció detenerse -como lo hacía Lacámera- en el plato con una manzana que estaba sobre la mesa. 

- Si, un viento que ante el desconcierto que es la vida te permitiese huir de tus maquinaciones cerebrales. Pero, ojo que no me refiero a cualquier viento…

Entonces fijó sus ojos en mi propio desconcierto diciendo:

– Sí, que te lleven uno de esos vientos extraviados que no soplan en ningún cuadrante conocido y que, suavemente, te dejen caer en al lugar exacto.

Mi sorpresa iba en aumento y respondí lleno de intriga: ¿Qué es eso del lugar exacto? 

Me miró advirtiendo mi ignorancia y replicó con firmeza.

- Al lugar que hayas elegido vos, para vos. Más aun, un viento que te lleve donde siempre quisieras estar. A tu lugar.

Mordió la manzana roja casi con devoción y como era habitual en él, ya estaba en otra cosa. Yo, en tanto, mudo, catatónico, había comprendido que no tenía la más lejana idea de cuál era, para mí, ese lugar.

Entendí que si quería huir de mis maquinaciones cerebrales, debía primero saber dónde quería llegar.

Y que era hora que me lo preguntase.

*José María Cáceres es escritor, artista plástico, maestro de arte e figther existencial.
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